jueves, 12 de enero de 2017

BREVE HISTORIA DE LAS GUERRAS PÚNICAS

MARTÍNEZ-PINA, J. y PEÑA DOMÍNGUEZ, D.: “Breve historia de las guerras púnicas. Roma contra Cartago”. Ediciones Nowtilus. Madrid, 2016.

Hablar de las Guerras Púnicas es mencionar uno de los míticos conflictos de la antigüedad; largos años de enfrentamiento que, tras distintas alternativas, acabaron con la derrota total de Cartago frente a Roma. Las Guerras Púnicas son una pugna entre Roma y Cartago por la supremacía y el control de las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental y el dominio de las tierras circundantes. Se van a desarrollar en el mar y en diversos espacios terrestres: Sicilia, Península Itálica, norte de África, sur de Galia y en la Península Ibérica. De sus causas profundas, contexto histórico-geográfico, desarrollo, consecuencias y principales protagonistas se ocupa esta obra, clara y rigurosa, de los historiadores Martínez-Pina y Peña Domínguez.

El inicio de estas guerras se va a producir en la isla de Sicilia, objetivo principal de la expansión cartaginesa. Roma no podía consentir el dominio cartaginés sobre la isla y pretendió ser ella quien la controlase. Como señalan los autores, la lucha por la supremacía en el Mediterráneo occidental es la verdadera razón de la Primera Guerra Púnica, el “casus belli” (la solicitud de ayuda cursada a Roma  por mercenarios Mamertinos de la ciudad de Mesana en el año 264 a. C.) solo un pretexto. En la obra se explica con detalle las operaciones bélicas de los más de veinte años que duró esta guerra, tanto por tierras sicilianas y norteafricanas como por mar donde los romanos supieron neutralizar la supremacía inicial cartaginesa. Roma, victoriosa en Sicilia, completó su control de las rutas marítimas con el dominio de Córcega y Cerdeña. En el Tratado de Lutacio (241 a. C.), que puso fin oficialmente a esta Primera Guerra Púnica,  los cartagineses, además de pagar una fuerte indemnización a Roma, se comprometieron a abandonar Sicilia. Roma había vencido por su habilidad para ganarse a muchos pueblos itálicos lo que aumentó su capacidad para reclutar soldados y conseguir recursos.

Su derrota en esta guerra dejó a Cartago privado de parte de sus fuentes de riqueza y sin posibilidad de expansión por el Mediterráneo. En Cartago, un sector (capitaneado por Hannon) es partidario de expandirse por África mientras que otro (los Barca) prefieren  buscar nuevos lugares. Estos últimos acabaron imponiendo sus tesis. Es aquí donde entra en escena la Península Ibérica. Amílcar, bajo promesa de suculentos botines, logró reunir el ejército para pasar a Iberia, partió el 233 a. C. Tras vencer la resistencia de algunos pueblos indígenas (como los Turdetanos), controló el sur peninsular y fundó Akra Leuke (que muchos han identificado como el yacimiento del Tossal, cerca de Manises) que convirtió en su nueva capital. Tras la muerte de Amílcar, fue nombrado jefe del ejército su yerno Asdrúbal el Bello que, tras aplastar la resistencia de los Oretanos, cambió su política belicista por una de pactos con los pueblos indígenas, apoyada por alianzas matrimoniales. Asdrúbal fundó una nueva capital, Cartago Nova. En el 221 a. C., tras el asesinato de Asdrúbal, fue nombrado jefe del ejército Aníbal, hijo de Amílcar, un joven impulsivo partidario de la vuelta a una política militarista para controlar los pueblos peninsulares. Su figura y actuaciones van a ocupar muchas páginas de esta obra.

Asdrúbal el Bello firmó con Roma el conocido como Tratado del Ebro por el que este río delimitaría las zonas de expansión romana (al norte) y cartaginesa (al sur) quedando Sagunto como ciudad independiente (en un momento sin especificar esta ciudad aparece controlada por Roma). Los autores contrastan fuentes clásicas para aclarar si el río el Tratado es el Ebro u otro más al sur (¿el Júcar?). Esta cuestión es muy importante para determinar de quien es la responsabilidad de la Segunda Guerra Púnica.

El asedio y toma de la ciudad de Sagunto por Aníbal marca el inicio de la Segunda Guerra Púnica (218 a. C.). Llegados a este punto los autores explican y comparan, con bastante detalle, la composición, organización y tácticas de combate habituales de ambos ejércitos.

La marcha de Aníbal a Italia es una de las gestas más recordadas de la Segunda Guerra Púnica. Aníbal tuvo que idear brillantes estrategias para atravesar los Pirineos, el Ródano (los romanos habían inutilizado los puentes) y especialmente los Alpes. La imaginable estampa de un numeroso ejército, con sus caballos y ¡elefantes!, atravesando las cumbres nevadas por un lugar muy peligroso (¿lo eligió para evitar ataques o fue el fruto de un engaño de sus guías galos?) contribuye a realzar el valor de estos soldados y el genio de su general.

Publio Cornelio Escipión eligió enfrentarse a Aníbal en el valle del Po. Suponía que encontraría un ejército mermado (pudo perder 20.000 unidades en el paso de los Alpes) y muy debilitado. No contempló que Aníbal había sido capaz de reclutar nuevas tropas en el valle del Po. Los autores explican detalladamente cómo se produjeron los tres grandes triunfos de Aníbal en Trebia, lago Trasimeno y Cannas que tuvieron lugar entre el 218 y 216 a. C. y que se saldaron con muchos miles de muertos (por ejemplo, en Cannas, Tito Livio cuantificó las bajas romanas en 50.000 hombres más otros 10.000 soldados desperdigados por las poblaciones del entorno y las bajas cartaginesas entre seis y ocho mil). En Cannas, una de las grandes batallas de la antigüedad, apareció en la escena bélica el otro gran protagonista de estas guerras, un joven Publio Cornelio Escipión hijo (el Africano) que logró sobrevivir y reordenar lo que quedaba de las huestes consulares. Estas tres victorias abren a Aníbal las puertas de Roma. En la obra se formulan varias hipótesis para explicar por qué Aníbal no atacó Roma.

La situación de Aníbal en Italia se fue volviendo cada vez más difícil. Tras la toma de Capua por los romanos, muchas ciudades le abandonaron. Su única esperanza era la llegada de refuerzos desde Hispania. Su hermano Asdrúbal pasó los Alpes, pero fue derrotado (y muerto) en la batalla del río Metauro.

Tras la toma de Capua, la conquista de Hispania se convirtió en una prioridad para los romanos que enviaron un ejército en el 211 a. C. al mando del joven y brillante general,  Publio Cornelio Escipión, que llegó a Hispania a finalizar el trabajo iniciado años antes por su padre y su tío. La Península Ibérica era nuevamente escenario del enfrentamiento romano-cartaginés. Tras la brillante toma de Cartago Nova (209 a. C.),  Publio Cornelio Escipión derrotó al ejército cartaginés en Baecula e ilipa (en ésta última, la arriesgada táctica de Publio Cornelio Escipión le valió la victoria ante un ejército cartaginés que disponía de superioridad numérica). Ilipa (Alcalá del Río) significó el fin de la presencia cartaginesa en Hispania.

Los autores dedican unas interesantes páginas a analizar las “vidas paralelas” de Aníbal y Publio Cornelio Escipión. Ambos nacieron en  familias aristocráticas de corte helenístico en un ambiente de gran rivalidad entre las grandes familias de la “nobleza”, ambos tuvieron preceptores griegos, ambos admiraron profundamente a Alejandro Magno, ambos soportaron las zancadillas de las facciones rivales, ambos fueron acusados de ambición desmedida y fueron víctimas de la envidia y la calumnia (Escipión fue acusado de malversación de fondos), ambos sufrieron exilio forzado  en el caso de Aníbal y autoimpuesto en el de Escipión y ambos se admiraron mutuamente. Unas páginas que ayudan a entender las actuaciones de estos dos grandes estrategas.

Tras la expulsión de los cartagineses de Hispania, el Senado Romano autorizó a Escipión a pasar a África, bien es verdad que la parte conservadora del Senado opuesta a Escipión consiguió que no dispusiese de muchos efectivos. Como dicen los autores, el escenario final de esta guerra debía ser África. Ante la presencia de Escipión, Cartago tuvo que llamar a Aníbal. Ambos generales se encontraron en Zama donde se produjo un gran desastre cartaginés. Aníbal tuvo que huir para salvar su vida. La subsiguiente paz fue muy humillante para Cartago, aunque logró mantener su independencia como ciudad-estado.

La obra finaliza con un análisis más somero de lo que puede considerarse la Tercera Guerra Púnica. Tras liberarse del enorme gasto del ejército, Cartago inició un periodo de esplendor que motivo la actitud de algunos senadores romanos, encabezados por Marco Porcio Catón, que comenzaron a exigir la destrucción de Cartago. Roma declaró la guerra a Cartago, tras un largo asedio, Publio Cornelio Escipión Emiliano (nieto de “El Africano”) tomó la ciudad en el 146 a. C. Cartago fue totalmente destruida, arrasada hasta los cimientos y pasado el arado por su solar.

La obra inserta una buena colección de mapas y planos sobre las diferentes batallas que ayudan a situar en el espacio y comprender mejor el texto. Se completa con una amplia bibliografía y la cita de algunas Webs sobre el tema.



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